Con este relato de Ricardo «Lole» Rodríguez, compeñero de la Biblioteca Popular Caminantes, gestor cultural e integrante del Movimiento de Cultura Viva Comunitaria, habilitamos este espacio para aquellas personas que quieran compartir sus vivencias en torno a los 50 años años del último golpe de Estado cívico-eclesiástico-militar.
por Ricardo «Lole» Rodríguez
Hace 50 años estaba cumpliendo con el Servicio Militar Obligatorio. Nunca pensé que iba a estar adentro de los cuarteles cuando las autoridades del país, elegidas democráticamente, sucumbían ante un golpe de estado en manos de una Junta Militar.
Como soldado clase 54, fui destinado al Distrito Militar Entre Ríos (Av. Ejército y Alvarado, Paraná ER). En aquella unidad estuve en la Oficina de Reclutamiento, desde mi incorporación en abril de 1975. Pese a desempeñar labores de servicios, de oficinas y administración, no de logística, comunicación o combate, nos tocó ser parte de acuartelamientos y demás medidas de prevención y cuidados, típicas de una época convulsionada. Las FFAA, con la excusa de poner orden ante el accionar de la guerrilla, venían a aplicar un plan económico que a través de Martínez de Hoz representaba el interés de los sectores más oligárquicos y concentrados. La decisión de ponerlo en práctica fue posible gracias al plan de exterminio y aniquilamiento «del enemigo», es decir, descargar un plan contra el pueblo, suprimiendo las libertades democráticas. Las devastadoras consecuencias de la aplicación del Terrorismo de Estado y del plan económico siguen, a medio siglo, estando presentes.
Después de casi un año de estar incorporados, muchos «colimbas» empezábamos a especular y desear ser parte de la 1ª baja, es decir, dar por cumplido aquel período de estar «bajo bandera» o de haber «cumplido con la Patria» que la jerarquía castrense decidía por sorteo o discrecionalidad. Pero la situación de inestabilidad política del Gobierno de Isabel Perón, hacía presagiar un poco lo que se vendría.
Éramos, en aquella unidad, soldados con cierta instrucción educativa, por las labores de oficina que debíamos realizar. En mi caso cursaba al momento de ser incorporado los primeros pasos del 4º Año nocturno de la ENET 1, que funcionaba en calle Corrientes, pegada a la Fábrica de Fósforos, hoy convertida en un shopping. Varios de mis compañeros habían hecho uso de la «prórroga» que significaba que para que el SMO no les cortara la carrera que estaban estudiando, eran incorporados cuando ya se habían recibido. Por lo tanto, si bien la mayoría teníamos 20 o 21 años en 1976, había ya profesionales recién recibidos de médicos, ingenieros, abogados y contadores que rondaban los 27, 28, 29 años. Los colegios secundarios y las universidades, al igual que los demás sectores de toda la sociedad, vivíamos en aquel país de ebullición política y social, que no tenía los niveles de desocupación actuales. Donde los salarios, como siempre, estaban por debajo de la inflación, más aún padeciendo los efectos del Rodrigazo, que fue un brutal plan de ajuste aplicado por el entonces Ministro de economía Celestino Rodrigo, que devaluó salarios y elevó tarifas. Había descontentos, paros, movilizaciones. Justos reclamos que permitieran alcanzar una equidad económica y social con respecto a una minoría privilegiada e intocada que gozaba de bienestar y opulencia. También había grupos armados organizados en guerrillas que venían actuando en aras de un cambio social y político más de fondo. Sobre esta realidad y siendo parte de un plan continental, las fuerzas de seguridad organizadas en las AAA y otros grupos civiles y paramilitares, van impulsando despidos, ejecutando secuestros, detenciones y muertes. Para poner orden, se excusan ellos, instauran desde el 24/3 el Proceso de Reorganización Nacional.
Recuerdo que el clima de militarización crecía como el rumor del posible golpe. Intramuros de los cuarteles vivíamos muy preocupados por la situación y los rumores. Nuestra formación la adquirimos en estos espacios donde se debatía y organizaba la sociedad. Además de ser de integrante de la Fede (Federación Juvenil Comunista), era Delegado de curso en la Industrial cuando fui incorporado. Allí me encontré o me enteré de diferentes espacios de lucha por donde transitaban mis compañeros. Desde octubre o noviembre de 1975, como parte de una lista interna que manejaba la superioridad, paso a ser parte de un grupo que empieza a tener un tratamiento especial, más aislado y con cuidados a la hora de realizar guardias o retenes, tareas donde era imprescindible estar armado. El 22 de marzo del `76 me toca estar de retén (patrullaje de un grupo de soldados al mando de un suboficial) por los límites de los cuarteles en vehículo Unimog. El superior a cargo evidenciaba en sus órdenes e indicaciones, cierto nerviosismo que presagiaban que algo importante sucedería en poco tiempo. Fue una noche larga. Ninguno de los 2 turnos pudo descansar. Fuimos y vinimos varias veces en la noche vigilando los alrededores. La orden era observar y a la vista de algo extraño o sospechoso, avisar. El día llegó sin novedad y con el sueño y cansancio a cuestas de ese ya 23 de marzo nos incorporamos a nuestras labores habituales. A las 13, ya formados para irnos a nuestros hogares (El DM no cuenta con albergue ni comedor, por lo tanto entrábamos a las 7 y salíamos a las 13, salvo que tuviéramos guardia o retén, circunstancias en la que nos traían una vianda y dormíamos en un pequeño dormitorio en la guardia). Ahí el suboficial que nos despide nos dice que estábamos acuartelados en nuestras casas, que no debíamos salir y que si el sistema de llamadas urgentes se activaba, debíamos cuanto antes estar en el cuartel. Más que hambre tenía necesidad de dormir. Mi «viejo», camarero del Ferrocarril Urquiza había llegado de mañana y me comenta que hacía 2 días había pasado por Plaza de Mayo en Buenos Aires y había tanquetas y personal militar. Alrededor de las 18, mi «vieja» me despierta anunciándome que habían pasado del Distrito y que me debía presentar urgente. En segundos estaba listo para irme. La despedida emocionada de mi padre con un gran abrazo y beso, con lágrimas de mi madre y una bolsita con galletas, huevos, manzanas y un chocolate.
Las alrededor de 13 cuadras que separaban mi casa de los cuarteles las hago más al trote que caminando. Éramos varios encontrándonos en las inmediaciones e ingresando. Con la toma de asistencia nos entregaban el arma asignada. La mía y la de quienes integrábamos «aquella lista» sin cargador, sin balas. De ahí a permanecer ordenados y en silencio cerca de la barraca que da a calle Alvarado. Un nudo en el estómago, entre otros síntomas de nervios e incertidumbres se apoderaba de nosotros, hasta que alrededor de las 23.30 de aquel todavía 23 de marzo, una voz anuncia que formados debíamos presentarnos en la Plaza de la Unidad.
El Teniente Coronel, Jefe de la Unidad, se va a dirigir a sub oficiales y soldados: «Señores, en 15 minutos el país tendrá otro Gobierno. No nos corresponde analizar a nosotros si eso es bueno o malo, sino acatar órdenes. A partir de ahora, cada seis horas (5.45 am, 11.45 am., 17.45, 23.45……. y así sucesivamente), debemos estar en esta plaza para recibir órdenes”.
La consigna hasta dentro de seis horas, se basaba en una cinta blanca que todos recibíamos para ser puesta en un lugar del cuerpo, en este caso en la rodilla izquierda. La misma iría cambiando de lugar (brazo derecho, birrete o casco. Los vehículos se identificaban cambiando de lugar cada seis horas también, unos símbolos que se colocaban en las puertas de adelante). Por supuesto nadie durmió y nos comunicábamos poco porque debíamos guardar una distancia entre nosotros. Vimos ingresar esa madrugada vehículos fuertemente custodiados, con civiles que supuestamente iban a ser interrogados. La ansiedad me/nos carcomía. Las noches se hacían días. Nuestra condición de soldados oficinistas nos dejaba fuera de tareas donde primaba más la acción militar. Tuvimos que ver con la organización del «rancho», espacios donde comer, acondicionar galpones donde turnarnos y dormir, limpiar baños y espacios comunes. De a poco fuimos pudiendo salir, ir a nuestras casas, enterarnos lo que sucedía más ampliamente. La Junta Militar imponía su plan económico con terrorismo de estado mediante y con la complicidad de sectores de la iglesia y del empresariado.

Esta negra noche duraría hasta el 83. Las nefastas consecuencias económicas, sociales y políticas perduran en varios aspectos de nuestras vidas. No son las mismas según edades y formas de pensar. Una primera tanda de aquella clase 54 fue dada de baja en julio, en agosto otra parte y para fines de octubre quedamos los supuestamente indisciplinados o que habíamos sido llamados la atención «por haber hecho algo». No hubo en mi ni exilio ni insilio. Siendo consciente del terrible momento que se vivía, salí de los Cuarteles con ansias de militar.
A dos meses de la baja conseguí trabajo en una metalúrgica que fabricaba aberturas. La industria de la construcción pasaba por un gran momento y las empresas del sector como Caballi, Devinar, De Martín, Hereñú entre otras construían Lomas del Mirador I y II, AATRA, Paraná V, XIII, XXVI, José Hernández entre otras. Pertenecía al gremio metalúrgico (UOM) que tenía uno de los mejores convenios y ganábamos muy bien, hacíamos horas extras fabricando puertas y ventanas en chapa y aluminio para tantos barrios que se construían, además de casas particulares que se hacían, pese a toda la situación, con créditos bancarios. Trabajaba de 6 a 15, llegaba a casa en San Agustín, almorzaba, descansaba un rato y salía a militar en lo gremial, a visitar camaradas, a participar en reuniones. Sentía temor como muchos pero corría para adelante. En el año 79, 80, con muchas de las obras mencionadas terminadas y habitadas, el plan económico se hace sentir y los estragos que deja llevan a la quiebra de empresas y al aumento de la desocupación.
La resistencia crece, las movilizaciones también y somos parte y protagonistas de aquellos momentos. El panorama se fue abriendo, las experiencias multipartidarias se multiplicaron y las intersindicales presionaron a la CGT para que pare y movilice. El paro, movilización y represión del 30 de marzo del 82 antecede a Malvinas. La Democracia es recuperada con lucha, a un costo muy alto, con dolores y traumas y con mucha esperanza. Sumo una experiencia más, de las tantas, tan disímiles y diversas y extrañando aquel hacer colectivo y amplio que hoy, medio siglo después, tanto ansío y extraño.

