Cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua, una fecha establecida por la
Organización de las Naciones Unidas a comienzos de la década de 1990 con el objetivo de promover
su cuidado y acceso equitativo. Sin embargo, más de treinta años después, la realidad muestra un
escenario preocupante: la crisis hídrica global no solo persiste, sino que se profundiza y agrava las
desigualdades. Eco Urbano nos hace llegar estas reflexiones sobre cultura ambiental.
La crisis mundial del agua nos afecta a todos, aunque de forma desigual
Este 2026, el lema “Donde fluye el agua, crece la igualdad” pone en el centro el vínculo entre el
acceso al agua y la equidad de género. En lugares donde las personas no tienen garantizado el
ejercicio de los derechos humanos al agua potable y al saneamiento, las desigualdades se acentúan
y afectan de manera desproporcionada a mujeres y niñas: son ellas quienes recolectan el agua,
quienes gestionan su uso cotidiano y quienes cuidan a las personas enfermas por consumir agua
contaminada. Son ellas las que sacrifican su tiempo, salud, seguridad y oportunidades. La crisis del
agua, entonces, tiene rostro de mujer y exige que sus voces, experiencias y capacidades ocupen un
lugar central en las soluciones.

El Planeta y la humanidad en bancarrota hídrica
Los datos globales confirman la gravedad de la situación. Un informe reciente de Naciones Unidas
advierte que el mundo ha entrado en una era de “quiebra hídrica global”: un punto de no retorno para
ciertos sistemas donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los “ahorros” de acuíferos
y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta.
La humanidad en su conjunto no solo ha gastado el ingreso anual de agua de ríos y lluvias, sino que
ha vaciado los ahorros milenarios guardados en glaciares, humedales y acuíferos. El resultado son
sistemas acuáticos quebrados –acuíferos compactados, lagos fantasmas, deltas que se hunden– sin
capacidad de recuperarse.
Los impactos de la crisis del agua se extienden más allá de fronteras y ecosistemas, evidenciando la
magnitud de las desigualdades y los riesgos globales:
-75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura.
-Más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando.
-2000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de
aguas subterráneas.
-En 50 años, se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.
-El riesgo hídrico golpea la seguridad alimentaria global mientras la agricultura tradicional
consume el 70% del agua dulce.

Nuestro territorio de agua
Desde la experiencia local y comunitaria de nuestros territorios de agua, Ukaivbera, mujer indígena y
referente del Pueblo-Nación Charrúa, nos ofrece una mirada que desafía las formas convencionales
de entender el agua:
“Como mujer indígena, junto a hermanas de mi pueblo y otros del Abya Yala, nuestras aguas
anaxi ue, no vemos al agua como un elemento aislado, o un recurso para ser solamente
transitado, explotado y consumido, sino como un ser-materia, energía, espíritu integrado a un
todo, al cosmos y a nuestra onkiujmar madre tierra.”
Su mirada interpela directamente las lógicas dominantes y este modelo de -supuesto- desarrollo, que reducen el agua a un recurso económico. Frente a esto, su palabra denuncia: “Necesitamos un cambio cultural inminente. Lo que se promueve como progreso y adelanto son los desmontes de cientos de hectáreas, fumigaciones, dragados de ríos y arroyos, contaminación por residuos, derrames cloacales, de petróleo, minería sobre nuestros salares, montañas y glaciares y otras innumerables formas de desprotección desmedida, en pos del capital financiero.”
En Argentina, la situación no es ajena al panorama global. A pesar de los avances históricos en legislación
ambiental, las decisiones actuales del Estado han debilitado la protección de ríos, humedales, montañas y
glaciares, impulsando políticas que favorecen la expansión extractivista y dejando los ecosistemas y las
comunidades más expuestos a sus impactos. En palabras de Ukaivbera, esto demuestra que “No se logra
comprender el entretejido sagrado e interdependiente entre cada ser que habitamos el cosmos, en igualdad, cumpliendo un rol en este entramado donde, si algo sucede con uno, repercute en los demás.”
El cambio necesario implica cuestionar profundamente nuestras formas de habitar el mundo. Desde su
cosmovisión, los pueblos indígenas proponen una comprensión interdependiente de la vida: “Intentar solucionar de manera aislada las cuestiones globales respecto al agua es caminar hacia un vacío interminable. Durante siglos incontables, los pueblos hemos logrado vivir y evolucionar sin descuidar la trama que teje las vidas. Y seguiremos sosteniendo que esto es posible, sin que ello impida la evolución natural de todas las formas de vida que compartimos.
Cuidar, guardianar, respetar no son sinónimos de atraso ni de impedir avances tecnológicos y medios
masivos de comunicación. La sordera y ceguera de las sociedades imperialistas, neocolonialistas,
violentas y etnocéntricas ha ignorado nuestras formas de percibir el mundo, nuestra cosmogonía y
cosmovisión, y no ha permitido históricamente el inmenso aporte que los cientos de pueblos indígenas y
tribales en todo el planeta podríamos hacer para que nuestras vidas sean más plenas. En diferentes
niveles institucionales, solo somos parte del folklore y del romanticismo místico, sin capacidad de una
comprensión macro”.

Donde fluye el agua, crece la igualdad. Y donde crece la igualdad, florece la vida.
En este contexto, se vuelve imprescindible no solo incluir a las mujeres en las soluciones, sino reconocerlas como protagonistas. Escuchar sus voces, sus experiencias y sus saberes es clave para construir respuestas reales y transformadoras.
”Cuando se percibe esta otra dimensión, nos damos cuenta que somos cuerpos-territorios,
mujeres-agua-tierra-luna-peces-humedales-camalotes, todas y todos hechos de los mismos
minerales, nutrientes, líquidos y aire. Entrelazados e interdependientes, y si una hoja vuela y cae
en un huerto, quizás sea nutriente de mis alimentos. Quizá esta sea una de las miradas
esperanzadoras que venimos sosteniendo desde tiempos infinitos, donde el mundo se renueva a
cada instante y vive sus propias leyes y normas que los humanos dejamos de comprender.”
Frente a este escenario, la reflexión de Ukaivbera ofrece también una esperanza:
Nos queda un profundo camino de aprendizaje y acciones de cuidado. El agua que sale de la
canilla, es la misma agua que riega los campos, sostiene los humedales, recorre nuestros ríos y
arroyos y bebemos a diario para hidratarnos. Es tu sangre y es el líquido amniótico que te
sostuvo en el vientre. Es la misma que se evapora y vuelve en lluvia, en rocío, en olas, una y otra
vez. Por cada lugar y especie que transita, nos invita a cuidarla, y así retornar a la corriente
sagrada que fluye de cada esencia de vida.
La gestión del agua debe ser colectiva, integrando saberes científicos, comunitarios e indígenas, y reconociendo especialmente el rol central de las mujeres como guardianas del cuidado de la vida y de los territorios. Escuchar sus voces, potenciar sus capacidades y respetar sus experiencias no es solo una cuestión de justicia, sino una estrategia imprescindible para garantizar la sostenibilidad del agua y de los ecosistemas que nos sostienen.
El Día Mundial del Agua nos recuerda que cada gesto, cada decisión y cada política tienen un impacto directo en la vida de las personas y de los territorios. Sólo comprendiendo nuestra interdependencia podremos construir sociedades más justas, equitativas y resilientes.

