Espero recordarlo todo

Por Hernán Hirschfeld

 Estamos en diciembre, y como buen cierre del año lectivo se vienen los actos de colación, las recepciones y también –para terror– las mesas examinadoras. En este mes se suelen mezclar muchas cosas que son entre festivas y agotadoras por el espíritu de cierre que se respira en el aire. La columna de diciembre, a modo cierre (y con rima), viene a retratar un poco esto.

    A mediados de este año recibí un mail de alguien que, habiendo leído la columna, visitó el patio de su escuela primaria. Aparte de la inmediata apelación a la añoranza de cada uno de nuestros patios en la conversación que tuvimos, esa carta me hizo pensar en algo que suele considerarse siempre en las columnas y que nunca hice mención desde que escribo acá. Es sobre las personas que leen, que no son cualquiera, sino que se rigen sobre el apelativo de “queridos lectores” o “seguidores”. Si hay algo que caracteriza a las columnas es eso: alguien que escribe para que alguien las lea (se espera) de forma periódica (se espera, también). Aunque sepamos que eso muchas veces no se cumple, algo del diálogo hay ahí que lo hace funcionar y no es sólo un monólogo.

    Hace poco tuve la oportunidad de visitar una instalación que se llama Espero recordarlo todo y es de la artista Ivana Nebuloni. Una instalación es como una obra que ocupa todo un cuarto y donde se puede interactuar de forma activa con lo que presenta. En este caso, la instalación es en una habitación oscura, tiene un televisor de cátodo (de los viejos), un micrófono y un sillón en el que hay que sentarse. Una vez que tomamos el asiento, el televisor nos va decir que narremos un recuerdo de infancia y, en función de las palabras que utilicemos, una computadora procesa esa información para transformarlas en imágenes provenientes de archivos personales de otras infancias. Grabaciones de casettes viejos, fotos analógicas, filmaciones en VHS se mixturan y se convierten en un relato a partir de lo que nosotros contemos para construir un sentido distinto al que estaba guardado, sin contacto entre sí. Aunque se trate de imágenes que no son nuestras sino de otra persona, ese montón de imágenes producen identificación sobre quien las está mirando. Esto es porque más allá de que se traten de relatos ajenos, existen marcas de esos textos que son propios de un relato a gran escala. Me siento en el sillón y sólo digo: “patio de escuela” y los videos que salen del televisor tienen que ver con eso. Pero lo más llamativo no es que esas imágenes se condigan con lo que pedí con mis palabras, sino que esas imágenes fueron producidas por las mismas tecnologías que usaron quienes me criaron para registrarme a mí en momentos similares: las filmaciones tienen la lluvia borrosa propia de los televisores viejos, las fotos analógicas denotan de lámpara de esas cámaras.

    Una banda que se llama Árbol y fue muy famosa en los primeros años de quienes nacimos en los 90 hace algo parecido en el videoclip de su canción Memoria. Las secuencias de esa canción muestran paredes llenas de fotos de los integrantes y sus familias, cómodas de roble con adornos antiguos que hacen el mismo juego: no son nuestros pero algo de lo propio se inscribe allí.  

    Estas vacaciones como muchas otras la Barri dedica sus dos primeros números del año (enero y febrero) a publicar producciones de talleres, selecciones de cuentos y poemas y otros escritos para leer en vacaciones. Lo que les propongo, si es que hay alguien leyendo ahí, es que en alguna de las dos ediciones de este verano publiquemos recuerdos que les hayan surgido durante la lectura de alguna de las cosas que venimos hablando desde principio de año. Para eso les pido que escriban al mail que está debajo de mi nombre para que

    Habrán visto que llega el fin de la columna y no hablé sobre ningún patio. Eso es porque quiero replicar la idea de la artista para saber qué imágenes dispararon las cosas que les fui contando durante el año, y que la enredadera la sigan ustedes.

diciembre de 2019

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