De monumento a juguete

Por Hernán Hirschfeld

Después de un mes de ausencia, la columna llega con noticias de una escuela de una ciudad que está al otro lado del charco. Como esas cosas que pasan desapercibidas hasta que sucede algo que las desacomoda, la entrega de este mes tiene que ver con otro elemento relacionado con los patios de escuelas: los bustos, monumentos, y las caras serias, solemnes e inmortales que aparecen allí.

    En este mes que no aparecí pasaron tantas cosas, pero tantas, que por un momento pensé que carecía de sentido ocupar la palabra para hablar sobre patios de escuelas (de nuevo, la pregunta por el sentido ahí presente). De todos modos, continuarla no sólo busca tratar de encontrar un lugarcito como tantos de Barriletes donde podamos alojarnos mientras el lobo no está, sino que también quiere ir en contra de ese espíritu que se despierta en noviembre para decir con cansancio que “ya es muy fin de año para eso, dejémoslo para después”.

    Hace un buen tiempo que empecé las prácticas docentes para egresar como profesor. Una de las tantas actividades que cumplir consiste en hacer “observaciones no-participativas”, esto es: ir a un aula a presenciar clases jugando a ser invisible, como si el acto de observar no fuese participativo en sí mismo. Pero eso lo podemos charlar en otro momento a propósito del lenguaje pomposo y técnico de la academia.

    Lo que pasó en definitiva, y que inquietó a toda la escuela, fue que durante una clase de educación física a alguien se le escapó la mano o el pie con la pelota y terminó dándole en la cara a un Mariano Moreno de yeso. El busto si no se rompió por el pelotazo, sí reventó cuando cayó al suelo. En el recreo parecía que estábamos ante la presencia de un accidente: las autoridades repartiendo sanciones y buscando a alguien que tenga la culpa, el ordenanza con una escoba limpiando lo que podría ser una escena del crimen, muchos celulares capturando el momento.

    Después se verbaliza el escándalo que recae sobre un lugar conocido: que la juventud no valora la escuela ni su tradición. No importaba si se trató de un accidente ni si tuvo un carácter intencional, la “cagada” se la mandaron y ahora el pedestal está vacío, profanado. Durante el debate en el aula incluso escuché varias voces decir que no sabían de quién se trataba, y eso exacerbaba las banderas de los valores de parte de otras voces. Lo único que calmó el debate e hizo zafar a estudiantes de la sanción fue que lo hicieron jugando. Quizás esto último –que haya sido jugando- fue lo que habilitó una reinvención del espacio escolar, dejando de lado las formas sacralizadas de mantener esos monumentos que a veces no sabemos por qué están ahí. No estaría nada mal pensar que ese Mariano Moreno devino juguete para cabecear una pelota, aunque haya terminado accidentado. Ahora ese pedestal está vacío y tienen que elegir si será ocupado por una réplica del busto anterior o una nueva figura y se siente en el ambiente que la elección será más tirando a la segunda que a la primera.  

    Termino de escribir esta columna y me acuerdo de una imagen recurrente siempre que estoy sentado en la plaza de Mayo de Paraná con el monumento de San Martín en el centro. Les invito a que vean, mientras están ahí, cuántos niños y niñas usan el diseño de ese monumento para escalarlo y después tirarse como un tobogán. ¿Cuánto puede haber de juego en un monumento? ¿Quién nunca usó un monumento para jugar? Eso también, ¿no habla de un modo de intervenir ese pasado cristalizado? ¿No será que tendremos que tirar esos monumentos jugando para

noviembre de 2019

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