Barbarie o barbarie

Por Ada Augello

Desde 1943, todo 11 de septiembre y en toda Latinoamérica se celebra por enunciarlo de algún modo el día del maestro en conmemoración al fallecimiento del “padre del aula” Domingo Faustino Sarmiento. Quien en tiempos de la independencia fue fundante de la educación, que anacrónicamente nos continúa acompañando en cada pasillo, aula y patio de escuela al mismo tiempo que cada vez más vínculos de la comunidad educativa se escapan de aquello hegemónico creando otros procesos de enseñanza.

Sarmiento escribía en sus notas, allá por el 1845 que “las fuertes razas exterminan a las débiles, (que) los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes” pero Sarmiento no contaba con una discusión que luego figuraría sobre las experiencias de militantes, activistas, educadorxs, talleristas, familias, etc. respecto a la concepción del saber desde los cuerpos que van transitando el vivir, desde las experiencias que van floreciendo en el andar, y desde los conflictos que a la fuerza nos vemos atravesar despuntando en la construcción de nuevas formas para las resistencias. Sarmiento, quien fue partícipe de las milicias siendo parte del genocidio fundante de nuestro territorio de límites políticos, lejos estaba del saber popular, considerado de clases y “razas” inferiores. Ese saber que se gesta y nace desde abajo de esa construcción piramidal y jerárquica a la cual lo sarmientino tan enamoradamente continúa sosteniendo. El saber de los pueblos, que se forja en asambleas de tiempos circulares, en debates infinitos, donde lo que se encuentra en tensión por los grandes poderíos es el bien común, los grandes temas del quehacer cotidiano: el agua, la tierra, el trabajo, el alimento y por supuesto, entre otros, la educación. El saber de las casas, del campo adentro, donde el yuyo cura y el mimo abriga. El conocimiento que nace de los cortes de ruta, en las ollas populares, la toma de municipios, en los árboles a los cuales las comunidades se atan; contra mineras, contra forestales, contra extractivistas, contra fumigadoras.

La educación hoy en día, y desde el 1613 a manos de los Jesuitas, se conformó como la homogeneización de una única identidad basada en el genocidio de Estado que pisoteó y masacró a otras identidades preexistentes, proclamándose a favor de símbolos patrios y una lengua marcada por la “conquista” a los pueblos originarios de las tierra que hoy, Argentina habita. Es lo que se nombra como educación formal, la que da forma a la civilización en estos rincones de la América profunda. Pero otras puertas o ventanas se fueron abriendo a fuerza de otros modos y mundos posibles, de otras restituciones y memorias, de otras lenguas que cuentan la historia. Lenguas que dibujan paisajes, lenguas que relatan otras historias a las no escritas en los libros oficiales, en las versiones estatales. Un dato que sirve para ilustrar lo aquí escrito es que a principios del mes de agosto del año que corre se presentó el mapa de las lenguas indígenas en el Congreso Nacional de Lenguas Indígenas, parte de la Organización de las Naciones Unidas, anunciando que de 36 lenguas allí reconocidas sólo se hablan 15 en la actualidad, es decir menos de la mitad. En la región litoral, en Paraná, una de las lenguas que aún vive, en su último hablante es la Chaná, en pedido de la memoria viva sonora de lo vivido por aquel pueblo, ribereño, isleño de paisajes con olor a palo amarillo, garzas y horneros.

De regreso a pensar la educación por fuera de las lógicas de quien dijera, en su rol de educador fundante del sistema educativo argentino, que “si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran. (…) ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos?” nos encontramos más cerquita y con mayor lejanía de experiencias devenidas de las pedagogías críticas que visibilizaron otras formas de hacer aprender, entre todas las personas y para todas las personas, de los pueblos para los pueblos. 

Unos cuantos números atrás en esta misma revista se publicó una nota de tapa sobre las experiencias transcurridas en el barrio Capibá de la ciudad de Paraná, llevando en su título un deseo para que rime con libertá. Ahí une entrelíneas e incluso de modo explícito podía leer aquellas acciones que perfilan una educación distinta, una que recorre los márgenes que se desdibujan de tanto andarlos, entre mates en una salita en medio de la barriada, entre una pelota que viene y va, una caricatura que hace a un mural y una palabra que abriga, como la caricia campo adentro, contra todo frío. Una educación que recorre otras formas del decir para expresar lo que sucede en el barrio, lo que nos cruza en la calle y suscita en las conversaciones con las vecinas, con la pibada en las esquinas, contando sus contextos, sus proyecciones, sus risas.

Las compañeras de Educadorxs Populares de la Comarca Andina (zona El Bolsón en Río Negro y Lago Puelo en Chubut) devienen de experiencias que se fueron forjando en encuentros de talleristas barriales. Hace dos años en un Centro Integrador Comunitario (CIC) se reunían a compartir desafíos y circunstancias acontecidas, para una revista local de actividades gratuitas de la Comarca. Nunca se habían preguntado qué hacían en cada taller, pero en la conversación entre ellas se comenzaron a reconocer como educadoras populares. Mediante la apuesta a diferentes metodologías y tras intentos quizás fallidos de articulación con algunos espacios estatales se apartaron de la composición de dos personas al frente de un aula comentando un conocimiento o protocolo puntual a seguir, sin intercambio alguno de pareceres o herramientas que cada cual en su andar puede reconocer o trasmitir. La educación popular surgió con naturalidad en cada encuentro, partiendo de conflictos sociales que atraviesan y/o constituyen en mayor o menor medida a quienes participan de dichos encuentros. Cada vez se sintieron más fuertemente invitadas a deconstruirse a ellas mismas para poder invitar a otres a hacerlo en conjunto, poniendo a disposición los bagajes, trayectorias, recorridos y experiencias de cada cual para crear un nuevo saber, y nuevas preguntas para continuar buceando, en colectivo. A deconstruirse y reeducarse en otros códigos, en otras formas. Sin jerarquías y como grupalidad, sin dogmatismos y abiertas a lo que pueda llegar o surgir. Sin autoritarismos y con mediaciones amigables, como recurseros con los cuales contar. En alianzas con otras grupalidades que garantizan derechos, en rondas de charlas y mates. Una de ellas dice que es una toma de conciencia, es saber entre todas, es estar presentes, hacer en compromiso social, ampliando redes como redes de conocimiento social y comunal. Lo popular, lo común, el anhelo de hacernos entre nosotres a nosotres. 

Los encuentros de educación popular suelen ser itinerantes y descentralizados. Se corren de las normas, se apartan de lo instituido. Claudia Korol, educadora popular y comunicadora feminista bien lo sabe explicar cada vez que toma la palabra, venida de barricadas en las luchas piqueteras, aprendiendo en la cocina de los guisos comunitarios, pelando papas, cortando cebollas. Toda una metáfora de lo popular, toda una metáfora de ese saber que va de boca en boca, que se estudia de a un montón y se aprende de a muches, con el cuerpo, ejerciendo el derecho a la palabra, a la huelga que grita ya no basta, al corte de calle que dice ya no más. 

Lo que allí sucede, dentro de la educación popular, la sensación de la nada inicial que puede existir en el romper con aquella composición de que desde afuera y desde arriba el conocimiento nos va a llegar para ser inculcado, cual educación bancaria, se resignifica en los siguientes encuentros, o con el pasar de los días o ratos. Aquellas preguntas que nunca antes nos habíamos animado a hacer, a las cuales esbozo de respuesta en el registro y la presencia cotidiana siempre tenemos. Suceden enlaces hacia dentro desde quienes piensan los encuentros hasta fuera donde el rededor se modifica con esas presencias, con ese rejunte que abre a otras sonoridades.

Quienes hace tiempo habitan los espacios de la educación popular, a veces como intersticios de la educación formal, como parte y contra parte de lo sistémico u otras como alternativa a la cual nutren con todas sus fuerzas cuentan que la pregunta es la que las guía, que el hambre de saber y sabernos más es lo que les sirve de combustible, que arden en los debates sin cierre alguno, que se encuentran con otras como abrazo inmenso que les impulsa a seguir un tiempo más, hasta el próximo encuentro. Cuentan que sin dudas no hay transitares, y que vivir es arder en preguntas, como bien alguna vez dijo Antonin Artaud, poeta, escritor dramaturgo, director escénico y actor francés. Y que sea abrirnos en las grietas para que nazcan cosas nuevas, como entre baldosas se abren pasos los brotes de la tierra, en un septiembre que no sólo es de educación sino también de primavera.

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