El recreo, el gran experimento de los patios

Por Hernán Hirschfeld

Si hay una palabra que está asociada a la idea de patios de escuela esta puede ser, sin muchas complicaciones, la palabra recreo. Como buena excusa para escribir encuentro un patio que otra vez no está en ningún lugar físico, pero sí tiene que ver con la idea de la que hablamos en la primera columna: volver sobre esas galerías, esos textos y patios. Después de todo, si hay algo que tienen todos los patios de escuelas es que tienen recreos.

    Hace un tiempo tengo la costumbre de mirar dibujos animados de la época en la que fui niño. Por pura casualidad me encuentro con una serie que funciona como excusa escribir en esta columna sólo por su título. Recreo es una serie animada que se emitió desde finales de los noventa hasta el 2001, sin embargo llegó a Argentina a partir de 2005. Es de un grupo de estudiantes que siempre se encuentra en el patio de una escuela, como pueden haber sospechado.

    Aunque es un relato instalado por una industria cultural como Disney (con sus despropósitos y lugares comunes ya conocidos), existen ciertos puntos de fuga que no están muy servidos a la consumición inmediata –como la que hace Disney-, esa que te dice qué ver y cómo tenés que ver – también, como la que hace Disney. Si corremos un poquito la mirada del lugar común podemos encontrar detalles que ni hubiéramos imaginado que podrían existir en “un programa destinado a un público infantil”. Me doy cuenta de eso cuando miro dibujitos ahora, ¿nunca les pasó volviendo a mirar esos programas de entender un chiste o un detalle que a los cinco años ni hubieran cachado? ¿y que esos detalles ponen en cuestión determinada idea de lo infantil como lo bucólico o lo meramente feliz?

    Bueno, la cosa es que Recreo es un programa de esos. En un episodio que se llama “El tesoro enterrado” la profesora de historia comienza su clase así: “Muy bien chicos, tomen su nuevo libro de historia. Se enfoca en los hombres blancos occidentales (…) ahora leeremos cómo robaron los bárbaros europeos este país de los indios”. Esa secuencia de 30 segundos desanestecia mucha de la violencia que suelen ocultar actos escolares con temáticas patrióticas o meras nomenclaturas como “el día de la raza” … y estos comentarios aparecen como una cuestión secundaria a lo largo del capítulo. Después de eso el patio se transforma en una gran metáfora de conquista donde hay que buscar un cofre con oro. Al final del capítulo, luego de una excursión (a lo Lucio V. Mansilla, yendo ‘tierra adentro’ al patio del jardín de infantes) y una disputa política entre varios grupos del colegio, los protagonistas llegan al cofre. En realidad, en vez de oro, tiene juguetes de estudiantes que ya pasaron por el colegio. Lo único que se les pide por una nota dentro del baúl es que mantengan el secreto y antes de volver a guardarlos jueguen con ellos. Aunque no llega del todo a escaparse de lo trivial, toca de cerca un modo de hablar sobre la infancia que se parece mucho al de Ciudadano Kane (la peli de un tipo que antes de morir sólo desea un juguete perdido en su niñez), con la posibilidad de que una etapa de nuestras vidas pueda permanecer en un objeto y que el mismo sea heredado.

    Hay una canción de Radiohead (True Love Waits) que hace más o menos el mismo juego: parece una canción de amor con todos sus predeterminados (el yo que evoca a un tú con un “por favor no te vayas”, etc.) y en los dos últimos versos arroja una hipótesis inesperada: no se le canta a una persona amada sino a un estado de la vida que es la infancia. Si se vuelve a escuchar la canción en esa clave, esa imposibilidad de regreso del objeto deseado cobra otro sentido que sí resulta incómodo. Y vaya paradoja sería volver a la infancia, porque esta palabra viene del latín que quiere decir “sin habla” y es más o menos lo que nos pasa en ese período: balbuceos, oraciones simples, pura experimentación. Una vez que aprendemos una lengua ya no podemos volver allí.

    A lo mejor los recreos son finalmente el objeto de experimento de los patios. El lugar donde se experimenta el transcurso tiempo (incluso antes de saber la hora recuerdo medir mi jornada escolar por recreos: “después del segundo recreo” o “antes del cuarto…”), su lengua y su materialidad, que sólo puede guardarse en la memoria.

    Termino acá, voy a seguir escarbando más textos como estos. Pero por ahora me puedo ir diciendo que “me salvó la campana”.

julio de 2019

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