El cielo no es cielo todavía, al menos para nosotras

Por Ada Augello

Publicada en la edición de julio del 2019.

En otra madrugada,/ por vientos de ceniza,/ obedecí al latido de la alondra./ El cielo no era cielo todavía (…)

El día 5 de junio del corriente año comenzó el juicio oral a Mariana Gómez, acusada de “dar golpes de pecho” a un policía en el marco de una causa por “resistencia a la autoridad y lesiones” a manos de la jueza de instrucción María Dolores Fontbona de Pombo. Mariana estaba en octubre de 2017 besando a su compañera, a su amiga y esposa en la estación de subte de Constitución en la Ciudad de Buenos Aires. Entre beso y beso le daba pitadas a un cigarro, al igual que muchas otras personas que se encontraban en el mismo lugar al refugio de la lluvia y las piedras que el cielo desprendía. Lo cierto es que en ese lugar, de norma y no de hecho, fumar no se puede. Efectivos policiales se acercaron a ella y en un acto homofóbico, a Mariana la detuvieron. Estuvo hasta las 21hs de esa noche presa, encerrada por besarse con otra persona de su mismo sexo, sin posibilidad alguna si quiera de apagar el cigarrillo. 

Escribo a partir de un suceso del 2017, siglo XXI en Argentina y en todo el mundo. Tanto Metrovías como los testimonios de los dos efectivos policiales argumentan que Mariana quiso impedir que no la dejaran fumar, cuando su cara fue estampada contra la vereda y fue llevada sin alguna otra causa detenida. Cabe recorrer su historia y la de su compañera. Dos víctimas de violencia y abuso sexual ejercido por parte de familiares correspondientes a cada una de ellas. En el caso de Rocío, su compañera, abuso ejercido por su padre, suboficial de la armada. Se conocieron en un acto público, en la visibilización de los casos en el año 2014 y mediante besos, hicieron uso del matrimonio igualitario vigente para visibilizar su relación ante la ley.

Puede ser un caso como cualquier otro: violencia policial y abuso de autoridad. Pero como lo insinúa el título de esta nota, hablamos de lesbianas. María Elena Walsh, cantautora de estos territorios, lesbiana, escribía en 1947 un poema que continúa así “(…) se inquietaban en lento aprendizaje/ y el cielo no era cielo todavía (…)”. Y sigue sin ser cielo, el horizonte aquel al cual entre acuerpamiento y acuerpamiento nos vamos encontrando y vamos caminando, con lo que somos, con nuestros deseos, nuestras contradicciones, nuestras marchas y contramarchas. Vamos, las lesbianas, caminando hacia un horizonte donde la violencia deje de arremeter contra nuestros cuerpos como si les fueran propios, como si después de tanto debate público, de tanta ley sancionada, de tanto discurso por los derechos humanos, de tantas dirigencias pasando por recintos, acercándose a movilizaciones, firmando petitorios y de tantos besos dados no fuera posible ser quienes somos, en el acto más rebelde contra la autoridad autoritaria que nos dice que tenemos que ser otra cosa. Otra cosa mejor para lo impuesto, claro está.

Existe un proyecto feminista que se nombra Sueños de Mariposas que busca ser refugio y acurruco para las mujeres adultas mayores y lesbianas. Haciendo reconocimiento y recuerdo a las hermanas dominicanas María Teresa, Minerva y Patricia Mirabal asesinadas en 1960 por el dictador Trujillo, junto a Diana Sacayán asesinada tras trece apuñalas como travesticidio y a Lohana Berkins, quien murió tras el abandono de políticas de salud para el colectivo trava-trans, en sus ser tan mariposas contra el gusano capitalismo. La mirada se posa con sus frágiles patitas de insecto sobre las personas que fueron violentadas durante toda su vida y que buscan contención y compañía en la vejez de la que poco se habla. Con aires de “lesbiátrico”, Alicia, una mujer de 67 años intenta con todas sus fuerzas construir un espacio para envejecer juntas y sin violencias. El amor entre mujeres, muchas veces, parece ser el mejor horizonte posible. La red de Socorristas, mujeres que acompañan a otras mujeres y cuerpos que gestan, en el acto de abortar embarazos en curso hace pie en el amor entre mujeres. Se trata de nosotras, se trata de nuestros cuerpos y de nuestros saberes, se trata de nuestras vidas, las cuales queremos vivir lejos de violencias, lejos de la prohibición de ser quienes somos.  

“(…)Hubo un encantamiento/ de flor y hierba fina,/ un cauteloso antaño de rocío,/ y el cielo no era cielo todavía (…)

Aunque parezca el cielo acercarse como claridad en el nacimiento del día, para Eva Analía de Jesús, más conocida como Higui, el mismo cielo aún espera, en el marco de un proceso judicial que resulta interminable. Higui se defendió en el 2016 de un grupo de varones del barrio Lomas de Mariló en la localidad de San Miguel, que no aguantaban su presencia en las calles. Ella significaba, como ellos dicen, un mal ejemplo para “sus” mujeres y una ofensa a su “hombría”. Bajo dichos argumentos decidieron atacarla incluso luego de haberla apedreado en un momento anterior y de haberle quemado su casa. Higui por supuesto, guerrera como tantas, volvió a levantar su rancho. Hace rato venía sobreviviendo de situaciones de violencia, por piba jugadora de fútbol, jardinera y amiga de la barriada, pero sobre todo, por lesbiana. Higui, apodo en referencia al arquero colombiano René Higuita, nunca precisó del mundo macho para vivir. Eso parece que molesta o mejor expresado, molesta y un montón. 

El 16 de octubre de 2016, la escala de violencia hacia Higui escaló hasta un ataque planificado que se propuso hacerla “sentir mujer” cuando intentaron violarla. Se defendió y uno de los atacantes resultó muerto. Al llevarla a la comisaría tras el suceso, la incomunicaron y volvieron a golpear en el calabozo dejándola detenida por nueve meses. Gracias a la presión social de los movimientos LGBTIQ+ y la Campaña por la Absolución para Higui junto a algunas acciones legales amparadas en los derechos humanos, se logró la excarcelación. Más de dos años después, durante los días del 2 al 5 de este julio se lleva a cabo el juicio bajo la acusación de homicidio e Higui espera su absolución, atacada por lesbiana, presa y judicializada por defenderse.

“(…) Septiembre constelado/ de dos campanas frías/ rodaba por lugares de silencio/ y el cielo no era cielo todavía (…)”

Muchos activismos se acunan en las acciones que entre nosotras tejemos, cuando consultamos por una jardinera compañera, o abogadas feministas o tortas cantautoras. Cuando para elegir con quienes construimos pensamos en clave de qué compañeras dedican sus ratos a qué, cuáles están en la docencia, cuales en las ferias populares, cuales en los gremios, cuales en los barrios y barricadas. Cuando pensamos a qué medios de comunicación contarles nuestra historia, pensamos en los oídos que nos saben escuchar, sabiendo que ahí hay compañeras. No quiere decir que el amor no sea tan permeable como para encontrarse en cualquier cuerpo, sin importar su género, su clase, sus dudas, su sexo o su procedencia étnica y racial. El mundo puede abrazarnos si entre todas las personas lo habitamos con la amorosidad de ser quienes somos sin prejuicio y sin castigo. Desde el cuidado, desde la escucha. Esto quiere decir que entre los sectores que nos reconocemos pares, trazados por las mismas opresiones y por los similares privilegios, armamos las intersecciones que nos unen. Nos reconocemos cara a cara, como un beso –como el de Mariana que no puede ser ilegal ni reprimido– a la vida que queremos, como ese roce en el pasillo que se acompaña de una mirada cómplice en esa danza en el aire que nos mima.

En la desobediencia a la pobreza, la soledad, la invisibilización y la discriminación tanto la “vejez lésbica en resistencia” de Alicia, como la pelota que sigue paseándose entre gambetas con Higui y las amigas, como Mariana y su compañera, a pesar del miedo que argumentan a que entren a su casa en cualquier momento a golpearlas o les hagan cualquier cosa como ya les hicieron, como acto de odio, las alas de las mariposas y los besos siguen revoloteando en el aire. Y si bien, María Elena Walsh cuenta que la alondra persuasiva –que le da título a su poesía– no regresa con ella, desterrándola de su latido, cuando el cielo ya es luz de mediodía, habla de un amanecer que aún es noche pero parece dibujar algunos destellos de cálida luz. Y es entre nosotras y en el amor que nos amontona y aprieta cada vez que nos reconocemos en los ojos de las otras que parece hacerse por instantes eterno el alba que nos humedece los ojos cuando se nos rebalsa la emoción de saber, que a ese otro horizonte, hace un tiempito que lo venimos caminando.

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