Viene oliendo a jazmín

Por Ada Augello

Publicada en la edición de junio de 2019

Dicen que la resistencia no es sólo aguantar lo que nos es dado como cosa natural, como desigualdad irrevocable, sino construir algo nuevo. Algo nuevo que venga a revolucionar eso que nos es dado inalterable. Dicen que la revolución viene oliendo a jazmín y desde los movimientos campesinos no parece encontrarse mayor verdad que esta. Entre cereales, chanchos, pollos, vacas, hortalizas y legumbres se aprietan manos de uñas cargadas con tierra.

Alguna vez te preguntaste, ¿qué es lo que comemos? Cada año en el país se utilizan más de 300 millones de líquidos de agrotóxicos que contaminan los suelos, el agua y directa o indirectamente, nuestros alimentos. La industria que crea empaquetados y comidas prefabricadas se mantiene desde gigantescas multinacionales contaminantes y no tiene mucha proyección de futuro, está en crisis. Tanto las enfermedades derivadas del uso de agroquímicos ⎼de las cuales Entre Ríos es una de las regiones más afectadas por su alta contaminación⎼ o el no ser suficientes los ingresos para adquirir alimentos saludables son algunos de los reflejos que se hacen palpables. El respeto por las distintas culturas, que fortalece ciclos naturales, economías locales y regionales es una plausible respuesta a dicha crisis. No porque haga falta centralmente una crisis para modificar lo que nos es dado, pero sí porque sirve de implosión en la cual construir buenas nuevas formas: revalorizando el trabajo rural, generando más empleo relacionado con nuestros ambientes y utilizando la inmensa variedad de alimentos que se pueden producir en nuestra tierra. La diversidad de la naturaleza ofrece un mejor negocio que los venenos y monocultivos artificiales. Urge un cambio audaz y realizable, no sólo económica y técnicamente potable, sino también como único camino posible que garantiza alimento para la vida, en su más amplio y vital sentido. En pocas palabras, la agricultura ecológica es necesaria y realizable.

Verdurazos, frutazos y feriazos de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), cortes de rutas campesinos, la organización comunitaria para el intercambio de alimentos y semillas, el crecimiento de las ferias francas, la usurpación de tierras y la resistencia a los desalojos son otros de los reflejos de otra agricultura. Allí se pone de manifiesto que no existe un solo campo y que el esquema agroexportador salvaje no es el mejor para los intereses de los pueblos en su conjunto como tampoco lo es para el cuidado de las tierras y los ecosistemas. Se hacen claros los reclamos históricos del sector rural sobre un fuerte y rotundo cambio del modelo de producción. Nace y renace el profundo impulso de cambiar la jerarquía económica de los organismos que imparten las políticas públicas de producción, educación, investigación y comercializaciones hacia y para una real Agricultura Familiar.

Durante el primer encuentro nacional de agroecología ⎼o en otras palabras, de agricultura orgánica⎼ convocado por la UTT en abril del 2018 en Abasto de La Plata, Javier Scheibengraf alertaba sobre que hablar de agroecología en su complejidad es hablar de entender los ciclos de la vida, los intercambios de la producción dentro de un esquema de justicia que genere trabajo y mejore las condiciones y calidades de vida de las familias y les productores. Desde el año 2002, se han perdido más de 100.000 explotaciones agropecuarias según datos preliminares del Censo Nacional Agropecuario 2018. La agroecología, para Scheibengraf, quiere decir “un cambio social y no sólo un cambio agronómico”. Como modo distinto de la agricultura convencional, arraigada en el agronegocio, hacia una que recupere los saberes ancestrales sobre cultivos y sobre la producción comunitaria de la tierra, correspondiéndose con otras cosmovisiones que resisten o resistieron a colonizaciones, conquistas y avasallamientos. Al interior de cada país, dentro de todo el mundo, el 67% de los alimentos los producen les pequeñes campesines, aún respecto a la distribución de las tierras teniendo la menor cantidad de éstas. Las pequeñas producciones se encargan de más que cualquier otra producción. Alimentan al 70% de la población mundial, es decir, a más de 5 mil millones de personas. Acá está el problema de la distribución y de los usos de la tierra. Pero la trama de la agricultura no sólo incluye dicha distribución sino que también la salud, la comercialización, las viviendas, la invención de nuevas escolaridades, etc., recae sobre otros modos de vida, sobre un buen vivir, en boca de los pueblos originarios.

Durante el 7 y el 8 de mayo de 2019 se realizó el Primer Foro por un programa Agrario, sumando así dos conceptos centrales: soberano y popular. La soberanía alimentaria, la Ley de semillas impuesta por Monsanto-Bayer, la situación de los pueblos originarios, la comercialización de los productos y la elaboración de alimentos más sanos para la población, el respeto y el cuidado de la tierra, del agua y la naturaleza fueron puntos centrales de dicho foro. Por el acceso a alimentos libres de químicos nocivos a un precio justo. Contra todo modelo económico y productivo que se encuentre al servicio de los grandes terratenientes y monopolios cerealeros. Contra la mera sobrevivencia de las familias campesinas, de pequeñas y medianas producciones y de pueblos originarios que están desapareciendo: en la miseria o al borde del quiebre. La situación de quienes trabajan la tierra en el país, trascendiendo sus fronteras, resignificando las migraciones de quien se reconoce parte del Abya Yala, es realmente triste y profundamente injusta, estructuralmente desigual. Por ejemplo, cada productor de manzanas al norte de Río Negro gana $5 por cada $60 que se cobra al consumidor, es decir que este paga quizás hasta un 500% más caro que lo que cobra dicho productor.

El documento de invitación del Primer Foro Agrario, escrito por más de 30 organizaciones, declaraba que “exigimos desde la unidad, para impulsar antes, durante y después de las próximas elecciones, un Programa que contemple la necesidad de una reforma agraria integral y popular que garantice el acceso a la tierra a millones de pequeños productores. Que, a su vez, con el impulso de la agroecología, elimine uno de los factores que nos esclaviza bajo pautas productivas dictadas por las grandes corporaciones internacionales. De esta manera se beneficiará al conjunto de la sociedad con alimentos más sanos y económicos”. Invitando así a participar bajo tres potentes consignas como “ni un campesino menos”, “alimentos sanos y accesibles para el pueblo” y “tierra para producir” a pequeñas y medianas producciones, pueblos originarios, cooperativas de trabajo, etc.

En Argentina los terratenientes nuclean el 85% de las tierras productivas y están asociados con el capital financiero, los monopolios exportadores y el agronegocio, entidades que envenenan tanto al campo como a la ciudad. El 50% fue adquirida de forma ilegítima, mediante matanzas, masacres, robos y ocupaciones por parte del ejército. Así expulsan de la tierra a agricultores familiares, aumentan desmesuradamente los precios y vacían en connivencia con los gobiernos los organismos estatales que llevaban (en algún gobierno) adelante políticas para el sector como INTA y Agroindustria. Durante el año 2018 este último sufrió despidos masivos vinculados principalmente a la Subsecretaría de Agricultura Familiar. Asunto visible en cada verdurazo. Nos someten a los intereses del mercado internacional, actualmente liderado por China, en perjuicio del pueblo y la soberanía no sólo del mismo sino de los territorios.

La soberanía alimentaria se figura como camino político no sólo porque postula los derechos de los pueblos a decidir qué y cómo producir. También incorpora a quienes históricamente han construido la agricultura, vinculando a las prácticas de cultivos los cuidados sobre el agua y las nuevas crianzas. Hablar de soberanía alimentaria es hablar del derecho a los derechos que tenemos, como mujeres uno de los ejemplos es cómo defender el territorio de los cuerpos. La implementación de la “seguridad alimentaria” que anteponen los gobiernos viola los derechos de las mujeres productoras. Arremete contra la libertad de producción para todos los cuerpos, cosa que por la vía campesina se reconfigura. La transición hacia la agroecología no puede concebirse sin la recuperación de modelos llevados adelante en la antigüedad, donde las mujeres en las comunidades rurales eran quienes preservaban la vida de las semillas, el cuidado de los cultivos y las conservas de las cosechas. La agroecología que abandona al agronegocio redistribuye la tierra, siendo que menos del 5% están en manos campesinas o de pequeñas producciones, de no más de 200 hectáreas cada una, mientras que desde Neuquén a Río Gallegos 1.769.500 hectáreas son propiedades extranjeras. Benetton encabeza con 900.000 has en Chubut.

Los movimientos campesinos hablan de recuperar el trabajo con las semillas nativas y no transgénicas abogando por la libertad y la soberanía de quienes producen. Respecto al país, anuncian en palabras de Nahuel Levaggi, parte de la UTT que “cada poroto de soja que se planta depende de las grandes multinacionales para ser producido” sentenciando que “desaparece la soberanía”. Algo es claro: no se puede hablar de soberanía desde el agronegocio que es igual a grandes corporaciones multinacionales que fabrican agroquímicos y concentran las semillas y la comercialización de granos en el mundo entero. En este sentido, es necesario transformar la matriz productiva del país junto a la matriz de tenencia y apropiación de la tierra y, junto a la soberanía alimentaria. Para que lo agrario no continúe siendo definido por la Sociedad Rural, Crea, Aapresid y Coninagro, entre otros que responden a los intereses de los poderosos.

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