Los ariscos o la novela de los exilios

Por Hernán Hirschfeld

Algunas veces los recorridos de lectura transitan espacios no programados o imaginados. Este mes la columna dará cuenta de ese tipo de recorrido con una reseña, no de patios o escuelas en tanto espacios físicos como veníamos haciendo, sino de uno que se encuentra en una novela.  Se trata de Los ariscos (Campo de Niebla, 2019), del escritor vialense Germán Ulrich.

En la Barri de mayo hablé sobre el patio de una escuela fundada por Sarmiento, y noté allí cómo la división civilización/barbarie opera en algunos espacios del edificio. Además de sus proyectos educativos, Sarmiento (junto con una larga lista de letrados) esgrimió un relato de nación que permitía a determinados sectores sociales mantener sus privilegios de clase. Este proyecto se sostuvo a través de diversos discursos (además del educativo, el judicial y económico entre otros) y su efecto organizador consistía en separar sectores sociales siguiendo la división mencionada anteriormente. El discurso literario no quedó fuera de este proceso de segmentación, ya que fue fundado sobre la dicotomía campo/ciudad, y durante gran parte de nuestra historia esa marca persiste en el imaginario (que ya sabemos para qué sirve) tanto en la interpretación como en la producción de literatura. Aunque en algunos momentos -más aún con los tiempos que corren- las dicotomías tienden a borrarse, y la novela que traigo a esta página puede dar cuenta de ese borramiento.

Los ariscos narra la historia de Varela, un docente recién llegado a una zona rural del norte de Santa Fe para cubrir un puesto en un colegio primario. Lo curioso sin embargo es que el relato no pone el foco en la escuela, a pesar de que Varela viva ahí, ni tampoco en la figura presuntamente irregular de un hombre dando clases en primaria (“un maestro varón” dice Rosa en tono peyorativo cuando lo ve llegar por primera vez). El foco del relato se instala como una cámara, desde las ventanas de la escuela hacia afuera: a la casa de Rosa y su huida programada a la capital santafesina para evitar un matrimonio violento, al arroyo donde Varela escucha una narración de exilio de la comunidad mocoví, o al pleno centro de Santa Fe en un bar cerca de la terminal.

En la novela no hay guiones, comillas ni otros signos gráficos que permitan delimitar una frase de la otra. Ni siquiera la lectura atenta permite saber en ocasiones qué personaje tiene la palabra y si está hablando por otra persona o contando una anécdota. Y eso, antes que desorientar, pone en juego en la novela lo que se dice, comunica e informa, y lo que está dicho, supuesto, dado a entender. Al no diferenciar entre lo que se dice y lo que está dicho, se borran también otras divisiones que la misma novela mostró como importantes al inicio del relato. En un punto ya no importa el campo ni la ciudad como puntos geográficos, sino las migraciones y el movimiento que realizan los cuerpos entre esos espacios. Así parecería que el escape es transversal a todos los personajes: Varela se escapa de la ciudad, Rosa del campo y arrastrando tras de sí la historia de un exilio cultural, histórico, todavía en proceso. Habría que leer esa novela para ver qué cuerpos realmente se encuentra estáticos y por qué. En un momento Varela dice sobre la tranquilidad que “sería lo mismo buscarla en una escuela perdida en el medio del campo o en el enloquecedor bullicio de una gran ciudad. Y entonces, ¿cómo se llega a una conclusión, cómo se explica una vida, cómo se logra un cambio?”.

De ese modo la novela de Germán Ulrich ingresa a una serie de relatos recientes (como los de Selva Almada o Federico Falco) que juegan entre el campo y la ciudad, pero los escenarios residen en los cuerpos que habitan esos espacios. Cuerpos que sobreviven a la violencia, la relatan, la recuerdan y actúan en función de ello.

junio de 2019

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