La memoria de los cuerpos

Por Ada Augello

Publicada en la edición de mayo del 2019

Hace unos años atrás me encontré pensando en cómo cambian las arquitecturas de las ciudades y pueblos, sus espacios abiertos y sus calles con los cuerpos dispuestos sobre ellas. El despliegue que como lengua de reptil en su desenredo cubre cada una de las baldosas que otros pies alguna vez caminaron. La memoria tiene eso, es como un paso, un destello, una tormenta transitoria que nunca nos deja igual que antes. Viene como relámpago a proyectar sombra sobre aquellos recovecos que aún no logramos del todo indagar y dejar ver. 

A veces da la impresión de que cada marzo queda desapercibido, y más todavía en tiempos donde las marchas emergen como el hambre en los estómagos en el recrudecimiento de las desigualdades. El marzo, que es como el recuerdo de más de 30.000 cuerpos detenidos en el tiempo, desaparecidos en sus biografías que se vuelven pragmatismos del terrorismo de Estado acontecido, parece quedar en una mera efeméride. Un momento estático sobre las vejaciones vividas, pero ¿sobre qué vejaciones? ¿Sobre cuáles huellas en las carnes, en las pieles y en los pensamientos? ¿Cuáles son los cuerpos que allí se torturaron? ¿Qué prácticas se sostuvieron sobre aquellos cuerpos?

Las huellas sobre los cuerpos de las mujeres, las disidencias y las indígenas no parecen ser las marcas que cada 24 de marzo se conmemoran. Los rastros sobre las militantes, activistas, guerrilleras y referentes barriales y territoriales no son rastros que se busquen como buscando la profunda raíz perversa y aniquiladora de las dictaduras en América Latina, en el Abya Yala. Argentina no es la excepción. Según el Informe Nacional sobre Desaparición de Personas, el 33% del total de les desaparecides entre el año 1976 y 1983, fueron identidades femeninas. A partir de testimonios reunidos mediante las sobrevivientes queda relatada la violencia específica contra ellas. Violencia que fue sistémica, planificada y aplicada en casi la totalidad de las detenidas, en los diversos Centros Clandestinos de Detención (CCD) de toda la Argentina. 

La denigración, los golpes, picanas, submarinos, violaciones o la desnudez obligatoria no tuvieron igual medida o igual perversión en unos cuerpos que en otros. En el caso de las feminidades, sumado a lo anteriormente nombrado se incluían otros métodos. Las vaginas fueron receptoras de múltiples objetos además de ser receptoras de las manos y cuerpos de sus torturadores. Como parte del plan de exterminio y desaparición de personas, las mujeres gestantes recibían las mismas torturas. Los partos en cautiverio ocurrían dentro de los mismos CCD, contando éstos con incluso salas especiales para ello. Los nacimientos eran presenciados por médicos, uniformados y civiles, y en algunos casos las detenidas relatan que el preparto era asistido por las propias compañeras, así como los abortos producto de violaciones u otras torturas. Asimismo, muchas veces quienes limpiaban la sala de partos, bajo obligación, eran las propias mujeres luego de parir.

Claro que a la memoria siempre la acompaña de irrupción de la palabra, el ruido que arrebatado hace a la rotura del silencio. Pero el silencio no es sólo el arma que los poderosos despliegan contra los pueblos para que estos callen, para que éstos no recuerden, para que no vuelvan a pasar por los pensamientos e ideales que a sus estructuras conmueven, que a su emporio hacen temblequear, les presenta fisuras y de ellas hace nacer otros modos de vida. El silencio es precisamente eso que no existe o eso que no quieren que exista, lo que no se enuncia. En el caso de los crímenes de Estado son las carátulas legales, los juicios y la condena social grandes compañeras del ruido o de la palabra o del sonido aquel que quiebra al aire, que lo estruja sobre las memorias latentes y lo estalla en múltiples voces al cántico del nunca más. En el caso de los crímenes sexuales cometidos en los CCD el grito que rompe el silencio de la perversión de los represores provocando controversia fuera y dentro de las militancias es acompañado por los feminismos que irrumpen, al igual que la palabra, pero no sólo con ella sobre las memorias. Es en el caso de las guerrilleras sometidas a crímenes sexuales el mismo que dentro de cada una de sus organizaciones no discutía solamente la soberanía de los territorios y los poderes estatales, sino que también intentaba discutir la soberanía sobre sus propios cuerpos.

Miriam Lewin y Olga Wornat en su libro “Putas y guerrilleras” citan a Inés Hercovich al decir que “el cuerpo de las mujeres es la arena donde los hombres dirimen quienes entre ellos son los vencedores y quienes los vencidos”. En este sentido, el terrorismo sexual va emparejado con la disputa por la propiedad de los cuerpos, así como el terrorismo de Estado disputa la propiedad de la nación. Es la puja constante en el campo de las ideas, de las geografías y las sociedades la que se plasma sobre los cuerpos de las mujeres. Es en este punto, en cual la disputa política delimita los cuerpos políticos, los cuerpos territoriales donde el poder se negocia, se tensa y afloja, donde las pieles se vuelven el tapiz sobre el cual las agujas se clavan, a veces generando nudos que los activismos después venimos a desentrañar. Por un lado, los represores encarnando en sí toda imposición a fuerza del poderío que nos despoja del buen vivir, y por el otro las tantas trincheras que tejemos entre nosotras, posadas sobre algunos hilos que evidencian algunas omisiones. El discurso oficial de la última dictadura fue una confluencia de la concepción de familia y el rol de la mujer sustentado por la jerarquía eclesiástica católica de la mano con la Doctrina de la Seguridad Nacional proliferada por los militares. Las mujeres no pueden luchar por sus vidas, sencillamente porque sus vidas no les pertenecen. Las guerrilleras son violadas como aberración a los guerrilleros por parte de los represores, ellas son la carne que les sirve de carnada.

De este modo, al mirar la relación entre las violencias cometidas y la violación a los DDHH desde una perspectiva de género leemos que el castigo hacia la subversión femenina no fue sólo arremeter contra la rebeldía de pensar y actuar para otro mundo que no es el del orden preestablecido, sino que también fue el castigo por la desobediencia al sistema patriarcal, por ende, machista, misógino y hetero-normado. La misoginia de la ortodoxia católica, que concibe a la mujer como puerta del infierno, redimida por los dolores de la maternidad y la servidumbre, se asienta en la doctrina contrainsurgente junto al odio al espíritu emancipatorio e igualitario de las revoluciones. Resulta costoso no relacionar a la demonización de las mujeres con el trato dado a las mismas en los CCD. Cuesta no tejer vínculos entre la propiedad que se corresponde con los territorios, los pueblos y los Estados junto a la propiedad sobre las mujeres.

El silencio sobre los crímenes sexuales no sólo se cristaliza en relación a la doble desobediencia de las militantes respecto al mandato sobre sus cuerpos y al mandato disciplinador del sistema político-social. Sino que, se cristaliza de igual modo como cuestionamiento al orden socio-cultural contextual del terrorismo de Estado que aún persiste. Así, deja relucir los prejuicios que aún subyacen en la valoración de los delitos sexuales a pesar de que desde el año 2000 la Corte Penal Internacional considere como delito de “lesa humanidad” a toda violación, esclavitud sexual, esterilización forzada y abusos sexuales cometidos dentro de un plan sistemático contra una población civil. En el caso de Argentina, recién en el 2010 este tipo de delitos son considerados de lesa humanidad, sistemáticos a manos de los represores durante la última dictadura cívico-eclesiástica-militar. 

La historia de los cuerpos en los CCD es la memoria intacta de las torturas sobre nuestras pieles, la historia de los abortos producidos por picanas y golpes. La historia de los silencios forzados siendo la lucha por la soberanía de nuestros cuerpos un asunto postergado que parece venir con la invención del hombre nuevo. Es la historia de la frontera que bajo tácticas de exterminio se dirimió sobre las pieles de las compañeras la que en cada marzo debería imprimirse en las memorias. Es la soberanía no sólo por los territorios, lejos del desconocimiento del primer genocidio de los pueblos originarios en el Abya Yala la que debería resonar junto a la soberanía por nuestros cuerpos, tras las violencias ocurridas en cada una de nuestras opresiones tan dejadas al margen de la historia.

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