Del jardín al patio, o una forma de empezar

Por Hernán Hirschfeld

Como cuando se empieza hablar en público (con nervios, a veces hasta tartamudeando) es que esta serie de columnas breves tiene lugar en la revista de Barriletes. Para pensar un espacio como los patios escolares, la columna comienza como lo indica su nombre: una enredadera con hojas y ramas tejiéndose entre sí hasta llegar a ese tipo de planta que se adapta a la superficie de la pared.

 Dejen que el sonido antiguo
entre de nuevo en la galería
y a estos pasos
se cuelen otros pasos
                            y ellos
     también puedan volver.
M. Contardi, Los patios (2000)

En una Barriletes del año pasado escribí sobre algo que en principio me produjo desconcierto: se trataba de un encuentro con la escuela de mi infancia, la “Mariano Moreno” de Paraná. Pasé por Boulevard Moreno y vi (gracias a la altura que me otorgó el tiempo) las galerías del colegio a través del tapial y noté todo lo que había cambiado.

Ese desconcierto sin embargo no vino del lugar común que suelen tener los relatos de añoranza o nostalgia. Ya sabemos por la literatura de Occidente cómo funcionan esos relatos (La Odisea de Homero cuenta la historia del regreso de Ulises a su tierra natal después de diez años de naufragio). Lo que me inquietó en realidad fue ese porvenir que convirtió uno de mis últimos paseos como habitante de esa ciudad en una suerte de cacería de lugares que no sólo tenían que ver con el regreso que tiene la nostalgia. La etimología de esta palabra, después de todo, se relaciona con los regresos: nostos (regreso) y algos (dolor) son las raíces griegas de lo que hoy conocemos como nostalgia.

Pienso en los patios de las escuelas como terrenos para indagar en aquello que puede escapar de la estructura de la nostalgia. No únicamente en el mío por la afinidad y el tiempo transcurrido, sino porque pueden imaginarse dentro de un relato a mayor escala de gran parte de las infancias que transcurrieron allí (primera pregunta de frontera que surge a propósito de esto: ¿Qué pasa con las infancias no atravesadas por estos espacios?). La escolarización implica un espacio de reunión, de encuentro, y entre tantos lugares, los patios de las escuelas forman parte de esa lista.

Busco una referencia cercana: hace tres años tuvimos la posibilidad de escribir un algo sobre los jardines. Se llama El libro del jardín y fue la tercera publicación de Ediciones Barriletes. Fue un libro que se escribió entre talleristas y estudiantes del 6to grado de la escuela N°202 “Gaspar Benavento”. Durante todo un año se sostuvieron talleres leyendo poetas que escribían sobre sus mascotas, sus plantas y también sobre jardines. De allí surgieron escrituras sobre las muchas formas de hablar de un jardín. El estudiante Máximo, que le gusta jugar al fútbol y a la compu, escribe: “¿Por qué algunas veces los jardines te dan sueños, recuerdos y momentos felices?”. Podemos coincidir con él en que muchos de nuestros momentos felices pasaron sobre esos escenarios. Hago un pase con otra pregunta que escribió la tallerista Sofía Dolzani sobre los jardines en la poesía de Juan Manuel Inchauspe: “¿cuáles son las diferencias entre un patio y un jardín?” Esta última es una pregunta para mirarla: ¿Qué vemos en los patios y qué vemos en los jardines? ¿Son excluyentes unas de otras (los patios para las escuelas y los jardines para las casas)?

Vuelvo sobre ese libro como volví en esa ocasión a mi escuela primaria, por accidente. Es en ese momento donde me doy cuenta de que lo que creía un desconcierto arbitrario se instaló como duda. Y como toda duda, se proyecta a todas nuestras prácticas, incluso las cotidianas. 

Pienso en todas las escuelas en las que pasé como estudiante, tallerista y futuro docente y quisiera volver a esos lugares para escribir sobre ellos, o al revés: escribir para volver a esos lugares. Esta serie breve de columnas está pensada para hablar sobre esos accidentes, para entrar a las galerías de nuestras escuelas y volver sobre esos pasos, como lo hace el poema de Marilyn Contardi.

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