Defendernos como Higui: para ser

Por Ada Augello

Publicada en la edición de marzo del 2019.

permiso al pensamiento y la acción emancipada. El teatro y el agua que parece valer menos que el desarrollo del modelo productivo capitalista y feroz que se compone del extractivismo. Es un marzo en defensa de las vidas, esas que nos habitan y aquellas que habitamos. Es la defensa de nuestros erotismos y nuestros abrazos, los de las amigas y los de los medios que nos envuelven, entre sus aguas, montañas, montes, sierras y horizontes. Sin cárceles, ni monocultivos, ni megaminería.

Lo sucedido el 7 de marzo del año 2010 cuando en el fuego de su escopetazo Daniel Torres asesinó a la Pepa Gaitán se extiende hasta hoy, atravesando diez años. Se extiende en la fecha que la recuerda pero también, en los reflejos que hoy perduran de lo que fue la Pepa para los lesbianismos que caminan las vidas impulsándose a ser a pesar de tanta amenaza. Cuando asesinaron a la Pepa, su madre resumió el hecho declarando que Torres “usó un arma para matar animales y después la dejó tirada como un perro. Yo no eché a mi hija a la calle como a un perro, como hacen tantos padres y madres cuando tienen una hija lesbiana. Yo estoy orgullosa de haberla criado y acompañado. Pero me la mataron como a un perro, a lo mejor porque ella iba siempre de frente, nunca se ocultaba.” Y contra esa invisibilización a la cual tienen perpetradas a quienes no cumplimos con la norma, la Pepa continúa existiendo, al igual que Higui, como lesbiana visible.

Ambas jóvenas, disidentes del sistema imperante y con el paso seguro pie a pie. Higui caminaba su barrio a veces con miedo, otras con bronca: ¿por qué no podemos ser lo que sentimos ser? La Pepa, trabajadora social informal a insistencia de acompañar y contener a les niñes de su barrio, en el Parque Liceo de una Córdoba facha y sojera. Ambas encarnan aquella identidad diversa que les permite explorar sus deseos desdibujando los límites que la norma heteropatriarcal delinea. Viven en el desborde, no sólo en aquel desborde al que han sido empujadas entre despojos, periferias y exclusiones, sino en aquel desborde que se vuelve fluido, que se humedece siendo el goce de los cuerpos sumergidos en las vidas que vamos haciendo vivibles.

Si una de las violencias más comunes contra las lesbianas es la invisibilización, la negación o demonización de sus existencias que las margina de las políticas públicas, de las campañas de acceso a la salud, el trabajo y la vivienda digna, que las recluye a los márgenes incluso de las marginalidades, tanto Higui como la Pepa hacen evidente aquello que se pretende innombrable. Eso es revulsivo, tan revulsivo como amenazante para los rígidos poderes impuestos. Esa es nuestra legítima defensa con la arremeten las disidencias contra las normas que fosilizadas en sus estamentos permanecen inamovibles, perpetuándose a base de juicios, encarcelamientos, despojos, asesinatos y por qué no, genocidios. Pasó y pasa en todas las lenguas, cuando las prohibieron para que no nos pudiéramos nombrar desde nuestras identidades indígenas, lesbianas, tortilleras, difusas, indefinidas, no binarias, trans, inter, pan. 

En el intento por borrar el rastro de aquello que conmueve hasta desfigurar al concepto de “lo femenino” y la puritana idea de “la mujer”, las lesbianas y disidencias son, entre otras cosas, brutal y violentamente detenidas e incluso encarceladas por parte de las fuerzas represivas del Estado en connivencia con ciertos sectores de la sociedad. Por esta razón, es clave leer el fallo de excarcelación de Higui en palabras de una de sus abogadas que argumenta que el mismo “Se ubica en un momento histórico que determina un antes y un después en materia de excarcelaciones, donde pareciera que las mujeres son más peligrosas que los hombres. Recordemos el caso de Beatriz López, detenida un año y medio, también en el penal de Magdalena, por matar a su marido en legítima defensa. No ocurre lo mismo con los hombres. En nuestro país hay un exceso en el uso de la prisión preventiva y hay mucha gente detenida sólo por las dudas, pero sobre todo ese peso recae en las lesbianas y, luego, en el resto de las mujeres. Recordemos que Higui se defendió de una violación correctiva, es decir, una violación con penetración del falo machista con la intención de cambiar su identidad sexual y de hacerla como ellos quieren que seamos, obligatoriamente mujeres. Este fallo significa que Higui va a esperar el juicio en libertad.” Juicio que es pateado sistemáticamente desde el momento de la excarcelación teniendo fecha, ahora, luego de otro corrimiento, en agosto del 2020.“(…) todavía quedan testimoniales y medidas de prueba pendientes, pero hay que agradecer por esta excarcelación de forma fundamental al movimiento lésbico, al movimiento de mujeres en general y, por último, a los medios que supieron escucharnos. Sin duda este fallo significa que a Higui la sacamos entre todas.”

Así como a Higui la nombramos con la fuerza de unas cuantas mareas, nombramos también a Luz como a tantes otres que atraviesan procesos judiciales por el mero acto de ser, a cada paso, jugada a jugada, quienes sienten y eligen ser. Luz Aimé Díaz es una chica trans de 23 años, ciega por las violencias del pasar de sus días desde su nativa Salta hasta la Ciudad capitalina del país. Estudiante del Bachillerato Popular Mocha Celis, en el barrio de Chacarita de la Ciudad de Buenos Aires. El bachillerato trans que lleva el nombre de una travesti tucumana asesinada de tres balazos, travajadora de la zona de Flores que no sabía ni leer ni escribir. Luz es acusada de “homicidio triplemente agravado en grado de tentativa”, agravado por haber cometido en ocasión de robo, por dos o más personas y en estado de indefensión de la víctima teniéndola privada de su libertad. El hecho sucedió el 23 de julio de 2018 cuando a Luz la contratan para servicios sexuales dos varones en una habitación sobre calle Güemes en Palermo. En otra habitación cercana se encontraba otra marica, golpeada, atada y amordazada que sobrevivió. En las cámaras del lugar se la ve a Luz pasar y claro que para la justicia hetero, sexista y patriarcal es fácil señalar a una trans migrante interna que vive en el Gondolín, el histórico hotel de trans y travestis de Villa Crespo. Luz piensa “que si no me hubieran culpado a mí, tampoco habrían investigado nada, porque la víctima es gay.” Y ahí se encuentra nuestra sororidad, en sabernos iguales y hasta en las miserias, abrazarnos.

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