La bomba silenciosa

agosto 9, 2014 en Revista Archivo de Notas por Editor

Nota de tapa de Revista Barriletes Nº 154, julio 2014 – ¡Gracias amigos de Revista Panza Verde de Concordia!

 

El huevo de la serpiente

Por Rubén Bitz (Revista Panza Verde, Concordia E.R.)

¿Cuál fue el inicio de esta historia,  la que consolidó una estructura productiva que se afianzó en los ’90, cómo se fue dando el cambio en la matriz, y la forma en que sus efectos negativos forman parte de nuestros días?. El autor del libro “Envenenados. Una bomba química nos extermina en silencio”, realizó una investigación periodística que aborda  el problema de los agro químicos desde el relato de un entrerriano afectado.
Reproducimos aquí la entrevista realizada por Rubén Bitz, compañero de Revista “Panza Verde” (Concordia) con la intención es seguir profundizado sobre el tema que también afecta a todos los entrerrianos desde el agua que bebemos, los alimentos que llevamos a nuestras mesas y principalmente la gravedad que producen en la salud de las víctimas de esta injusticia.

eLEISEGUIPatricio Eleisegui  (Sierra de la Ventana, Bs. As) es licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), integrante del Foro De Periodismo Argentino (FOPEA)  es autor de los libros “Nubes de Polvo Sopladas a Cañonazos”, “12 Rounds”, “Cuento Raro”, “Charco Negro”, “Santos Paganos”, cuentos, novelas y relatos.

—¿Qué lo llevó a escribir sobre un tema específico como “Envenenados Una bomba química nos extermina en silencio” y qué repercusión tiene este libro en los grandes medios de prensa, esquivos a tratar este tema?
—El comienzo de Envenenados tiene mucho de azar. Parte de mi interés por seguir de cerca la realidad noticiosa de las provincias a través de los medios locales y de haber detectado cierta recurrencia en denuncias vinculadas al uso de agroquímicos en las principales zonas agrícolas del país. Esto, que suelo definir como un patrón, me llevó a iniciar contacto con los afectados, las organizaciones que vienen siguiendo la problemática desde hace años, y los estudios concretados al respecto. Como suelo comentarlo, la idea del libro surgió mucho después. En principio, todo fue dedicar energías a conocer más de cerca la complicación sanitaria, interiorizarme de lo que pasaba, más allá de la posibilidad de elucubrar algo periodístico. En un momento, todo se combinó para hacer Envenenados, pero no fue una búsqueda predeterminada. Con relación al espacio del libro en la prensa, por supuesto que siempre está el interés por darle mayor visibilidad a sus contenidos en los medios masivos y eso no siempre se logra. Sucede con Envenenados como con cientos de libros que se publican año a año en la Argentina. Hasta el momento, el grueso de los medios nacionales no ha hecho mención al libro aunque también vale destacar que Envenenados está en la calle desde hace poco más de 3 meses. Trato de pensar en esos términos antes que avalar la teoría del boicot.

—En San Salvador (E.R.) prohibieron circular por la ruta 18 y el casco urbano de esa ciudad a los “mosquitos” fumigadores ¿Es una medida irrisoria si se tiene en cuenta en las fumigaciones con agrotóxicos los vientos y las lluvias?
—Es muy poco. Más si se tiene en cuenta el tipo de productos que se están utilizando. Los productores fumigan con 2,4-D, cuyo origen es bélico, y quienes definen las leyes que podrían establecer los marcos de control correspondientes hacen creer a la población que le están haciendo un favor limitando la circulación de un mosquito. El fenómeno de las derivas es bien conocido por fumigadores, ingenieros agrónomos, y empresarios del agro. Saben perfectamente que las aplicaciones de agroquímicos son incontrolables. Distintas experiencias científicas han encontrado rastros de glifosato pulverizado de forma terrestre en espacios situados a más de 400 metros del lote fumigado. Todo esto apunta a la necesidad de establecer nuevos marcos, recategorizar la toxicidad de los agroquímicos que se utilizan, y definir los modos de aplicación. El inconveniente está en que en cuanto se impongan límites, reglas, a la utilización indiscriminada de estos productos, el modelo de producción vigente comenzará a tambalear. Conocedores de esto, sus defensores continuarán bregando por la ausencia de leyes específicas para la actividad.

—La familia Aranda, en el Chaco, denunció la aplicación de agroquímicos a escasos metros de su vivienda, y la justicia reconoció el ejercicio de la legítima defensa ante los ataques de los agrotóxicos. Hace poco una docente de Nogoyá (E.R.) denunció que el viento llevó las fumigaciones con agroquímicos en un campo lindero a la escuela donde estaba dando clases y chicos jugando en el patio. Habría unas 700 escuelas rurales afectadas y en el ejecutivo está en tratamiento incluir un área de 250 metros en torno a estas escuelas y las fumigaciones con agroquímicos. ¿Es necesaria una nueva ley de agroquímicos o habría que prohibir las fumigaciones hasta que se demuestre que es inocua?
—Lamentablemente, en estas cuestiones siempre corremos desde atrás. Se debe regular una actividad que se habilitó sin los controles o pruebas necesarias para constatar el impacto ambiental. Lo inocuo de las fumigaciones es algo que ya nadie puede justificar. Ni siquiera aquellos funcionarios de Gobierno que se jactan de la baja toxicidad del glifosato. El impacto es innegable, pero el segmento político ha entendido que la mejor manera de eludir responsabilidades es culpar al productor por el manejo que hace de los agroquímicos.
Y así estamos hoy por hoy. Dentro de un marco perverso que obliga a las víctimas a demostrar la toxicidad de aquello que los está matando, cuando debería ser al revés –las empresas probarnos de que lo que comercializan no nos envenena–, y con dirigentes que cargan toda la culpa de la utilización sin control de agroquímicos a los productores agrícolas.
A mi entender, esto que enfrentamos antes que un drama sanitario es un problema político. La responsabilidad por la falta de marcos legales es pura y exclusiva responsabilidad del poder político. Y va de lo micro a lo macro: del  concejal al intendente, del intendente al gobernador, y del gobernador al presidente. Pero mientras tengamos representantes que se benefician por esta falta de control, políticos productores de campo, funcionarios enriquecidos a base de cultivar tierras fumigadas, plantear un cambio en la escena se vuelve casi un imposible.

—La justicia brasileña anuló el permiso de comercialización del maíz transgénico de Bayer en el norte y noreste de ese país. En el nuestro, el consumo de soja transgénica produce alteraciones alérgicas, del sistema nervioso, del comportamiento, del sistema inmunitario, endocrinas, aumento de malformaciones en el nacimiento, del material genético, fomento de cánceres… ¿Esto es producto de los transgénicos, de lo agrotóxicos o una combinación entre ambos?
—Hay que aclarar que Argentina casi no consume la soja transgénica que produce. Muy por el contrario, la ganancia, el negocio, está en la exportación de granos y harinas para alimentar los ganados de China, Asia en general, y Europa. El inconveniente está, claro, en que Argentina es el laboratorio en el que desarrollan estas y otras semillas; todas resistentes a determinados agroquímicos y en su mayoría con veneno incorporado a través de la toxina BT. Cuando hablamos de malformaciones, cánceres, alergias, hay una coincidencia generalizada en el segmento sanitario de que esto responde al uso a mansalva de todo tipo de agroquímicos y las combinaciones que se hacen con ellos. Los llamados “cócteles”. Igualmente, el impacto en el consumo de transgénicos ya es visible en Europa. Distintos estudios demuestran que guardan relación directa con la aparición de malformaciones en el ganado. ¿Qué sucede con el consumo por parte de humanos? Bueno, ahí está el gran misterio y, en simultáneo, el enorme miedo. Son tecnologías novedosas cuyas consecuencias a largo plazo desconocemos. El inconveniente, otra vez, es que su consumo está avalado, aprobado, pese a que no hay certezas sobre sus resultados en el cuerpo.

En una reciente reunión con un funcionario nacional – recuerda Eleisegui – consultado sobre el desconocimiento de los efectos de los transgénicos en los humanos, esta persona sostuvo que no había registros “porque se trataba de un experimento imposible…Nadie se alimenta sólo de soja transgénica”, dijo. Bien, esos son todos los argumentos que tenemos de forma oficial sobre los riesgos de consumir alimentos basados en semillas modificadas genéticamente.

—Monsanto produce desde pesticidas tóxicos prohibidos como el DDT, los bifenilos policlorados (Pcb’s, uno de los contaminantes más nocivos) hasta armas químicas como el agente naranja; dedicado ahora -desde hace unas tres décadas- a la industria agroalimentaria, produciendo el herbicida con glifosato Roundup, y a la biotecnología, comercializando organismos genéticamente modificados, los transgénicos. ¿Por qué una empresa que ha sido denunciada en todo el mundo por sus productos considerados altamente dañinos para la salud, acá, a los que protestan contra ella se los reprime?
—Es una pregunta que debe responder el sector político. Desde su expansión en la Argentina a través de la aprobación de la primera semilla de soja resistente al glifosato, los movimientos de Monsanto y otras compañías del mismo ramo sólo pueden explicarse desde el aval que le han otorgado los espacios de poder. Que esa y otras empresas hayan logrado la posición de privilegio que ostentan en lo que hace al desarrollo de biotecnología en el país y el desarrollo y provisión de insumos para el agro forma parte de un modelo ideado desde la política. Acá no importan los nombres. No es un tema de Monsanto o Dow sino del modelo implantado. En definitiva, Monsanto no es más que otra compañía que busca enriquecerse a base de controlar los principales activos económicos de un país. Responde como cualquier multinacional. Una cuestión de la que debemos liberarnos es la de siempre creer que los males nacionales responden a la acción de un poder superior que nos llegada desde el exterior.
La situación actual, no me cansaré de repetirlo, es una consecuencia de ese huevo de serpiente que se colocó en la Argentina en 1996 con el aval Felipe Solá, por entonces secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca. Pura responsabilidad política. Y  esta misma responsabilidad es la que debe hacerse extensiva a la situación en Malvinas Argentinas, provincia de Córdoba. Más allá de la denunciada participación de matones de diferentes gremios en la represión a quienes se oponen a la planta de Monsanto, quienes han liderado las golpizas siempre han sido los policías de Córdoba. Y eso sería imposible sin sendas órdenes del intendente de Malvinas Argentinas y la gobernación provincial.
—En Argentina, desde la aprobación de tecnología transgénica en 1996, estas aprobaciones se han ido sucediendo e intensificado ininterrumpidamente. Hoy se siembran más de 19 millones de hectáreas de soja transgénica y se utilizan para fumigar más de 200 millones de litros de glifosato por año. Ya hay enfermad y muerte. ¿Por qué los espacios políticos no advierten la magnitud del problema ni trabajan para resolverlo? ¿No saben, no quieren, no pueden o no les conviene?
—Me inclino por dos opciones: no quieren porque no les conviene. Como me dijo un ingeniero agrónomo entrerriano en momentos en que escribía Envenenados: nadie va a criticar de frente el uso de agroquímicos, la siembra directa y los transgénicos porque es atacar la columna vertebral de las economías latinoamericanas. Y es así nomás. Hay un beneficio concreto en las arcas de los distritos políticos y demasiada dirigencia proveniente del campo y que sigue operando en la actividad agropecuaria. En tiempos en los que el interés particular prevalece sobre el general, el enriquecimiento que genera el cultivo de transgénicos viene a profundizar aún más la tendencia.
—Se identifican las tres carabelas de la nueva conquista a Barrick, Chevron y Monsanto. Esta última relacionada con los transgénicos y agroquímicos contra la que se están levantando numerosas protestas de organizaciones populares como la de Malvinas Argentina, en Córdoba, donde Monsanto está por instalar una planta de agroquímicos. Pero usted, además de Monsanto, investiga en su libro a otras como Bayer, Syngenta, Nidea, BASF, Dupont y Atanor. ¿Qué diferencias hay entre ellas y cómo actúan en países tercermundistas como el nuestro?
—El movimiento no guarda mayores diferencias entre compañías, todas operan de forma bastante similar, aunque en su evolución Monsanto parece haber sido la más “inteligente” por decirlo de alguna manera. Quizá su management, estadounidense al fin de cuentas, conozca mejor que los europeos cómo es la idiosincrasia del estamento político local.  Monsanto también ha sabido tener presencia, de una forma u otra, incluso en los gobiernos de Estados Unidos. La empresa entiende que las decisiones las toman los funcionarios y que, marcando presencia en ese ámbito, puede agilizar las habilitaciones necesarias para profundizar su negocio. En Argentina, según parece, la tarea le fue simplificada y el mismo empresariado del campo, con sus representantes elegidos por el pueblo, viene haciéndose cargo de cuidar los intereses comerciales de la compañía.

Del pelotón de empresas que menciona – señala Patricio- tal vez Bayer se acerque a esta forma de actividad aunque con la ventaja de seguir haciendo las cosas en silencio. Es interesante pensar que poner el foco sólo en lo que hace Monsanto no hace más que liberar las acciones de sus pares en el mismo nicho comercial. No digo que sea una carnada, pero insisto en que el resto de las compañías también ejecuta uno y otro movimiento. Bayer ofrece en la Argentina multiplicidad de químicos y avanza en el desarrollo de semillas. Sin embargo, su presencia pasa desapercibida frente a lo que sucede en torno de Monsanto. Parece que, más allá de haber integrado el consorcio que desarrolló gases para el nazismo, o de haber desarrollado la heroína, la alemana terminó por convencernos con eso de “Si es Bayer, es bueno”.

—Si cambiamos las tres carabelas por los Jinetes del Apocalipsis, faltaría uno, este cuarto ¿es el que viene por el agua?
—Es complicado de responder, aunque en mi trabajo periodístico habitual hice investigaciones y escribí al respecto. Se ha constatado que empresas navieras han comercializado agua proveniente de ríos como el Paraná. Hace alrededor de dos años desde la representación de la CGT en San Lorenzo, Santa Fe, hasta me indicaron el precio de venta del líquido: 8 dólares la tonelada. Según se denunció, los barcos cargaban agua como lastre para poder regresar a sus puertos de origen. Y, una vez ahí, comercializaban el líquido dulce transportado. Y eso siendo que Santa Fe tiene una ley que prohíbe la exportación de agua dulce de cursos hídricos. Como sea, que el agua será el activo a controlar de cara al futuro es algo innegable. Por algo la discusión en torno al Acuífero Guaraní y la presencia sobre él de tierras que son propiedad de extranjeros, como sucede con Douglas Tompkins y los Esteros del Iberá.  Otra vez, dependerá del estamento político fijar reglas y controles respecto de la disponibilidad, uso y potestad del agua potable. Confío en que, como ya hizo Santa Fe, los gobiernos provinciales legislarán con anticipación. Caso contrario, sucederá como pasa con los agroquímicos: correremos a destiempo con leyes que poco podrán hacer ante un problema que el sistema casi ha logrado naturalizar.

TAPA

CUANDO NO TE QUIEREN

“Yenny no quiere tu libro, no lo va a vender”. La notificación es concreta, contundente. Por supuesto, refiere a  Envenenados, mi investigación sobre las consecuencias sanitarias que está provocando el uso indiscriminado de agroquímicos en la Argentina y la evolución de la agricultura transgénica. Pienso. Doy vueltas. Yenny-El Ateneo: una red de 40 sucursales con puntos de venta en, además de Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Rosario, Bahía Blanca, Corrientes, Tucumán, Comodoro Rivadavia, Mendoza, Mar del Plata, Trelew, Santa Fe, Resistencia y Salta, entre otras ciudades.
O sea, ahora sí que hacer mejor pie en el interior estará complicado. Porque uno puede imaginar, diseñar, muchísimas alternativas de llegada. Pero 40 librerías son… 40 librerías. Y todos sabemos quién es Yenny ¿o no? Quizá no.
En un momento recupero la memoria: soy escritor, soy periodista. A ver ¿quién es Yenny? Controlada por el Grupo Ilhsa, este último cuenta con participación accionaria de las familias Grüneisen y Eliçabe. Los primeros fueron dueños de la petrolera Astra y en 1996, en pleno avance de Repsol en la Argentina, no dudaron en vender la compañía y sus activos a los españoles. Con esa caja, desembarcaron en el negocio de las librerías donde, además de Yenny y El Ateneo, también controlan el sitio de Internet Tematika.com.
Pero, según pude indagar, el veto a Envenenados no respondería tanto a los vaivenes de la aristocrática familia Grüneisen sino, más bien, por el tipo de negocios que desarrolla su socio en Ilhsa. Veamos: la familia Eliçabe, oriunda de Bahía Blanca, también viene del ámbito petrolero. Hasta 1995 controlaron la actividad hidrocarburífera y de expendio de combustibles de Isaura. Ese año, la firma en cuestión concretó una fusión con Astra (Grüneisen) y CGC (Puma) para dar origen a ese experimento llamado EG3 (la “E” correspondía, precisamente, a Eliçabe). En 2001, Petrobras pagó 1.000 millones de dólares para quedarse con las 700 estaciones de EG3. Pero, y más allá de las asociaciones y los cambios de rubro y timón, lo cierto es que Isaura -marca basada en el nombre de una de las hermanas menores de Ricardo, fundador de la primera refinería de la firma en 1925, en Loma Paraguaya, Bahía Blanca- no desapareció como compañía. Es más: desde 1996 participa en el negocio inmobiliario: construye edificios de viviendas y oficinas en Capital Federal y Miami. Pero, lo que resulta más interesante aún, es que Eliçabe desarrolla una intensa actividad en el sector agropecuario. Así, al día de hoy cuenta con más de 15.200 hectáreas distribuidas en distintos puntos del país en las que siembra soja, maíz, trigo y girasol. En paralelo, y desde el año 2000, Eliçabe fabrica equipamiento para cultivos a través de la División Riego de, justamente, Isaura. En otras palabras, esta familia es otra de las grandes ganadoras del modelo de producción que desnuda Envenenados.
Por supuesto, la decisión de Yenny-El Ateneo coloca a la cadena, además, en la nómina de los que se esfuerzan por silenciar una problemática sanitaria que, con este tipo de acciones, no hace más que quedar perfectamente expuesta. Y, lo que resulta más grave aún, indiscutiblemente confirmada.

Patricio Eleisegui

10491072_771266862916974_2341080588460147574_n“A mediados de la década del 90, el gobierno de Carlos Menem iniciará una transformación del modelo de producción agropecuaria que cambiará para siempre la matriz económica de la Argentina.

En combinación con el método de siembra directa, la irrupción de las semillas transgénicas instaurará un sistema de explotación que aportará millones de dólares a las arcas públicas durante los años sucesivos.

La copiosa rentabilidad se verá apuntalada por un margen de costos siempre en descenso producto de una actividad que requerirá más espacio aunque demandará cada vez menos mano de obra.

El combo que asegurará ganancias extraordinarias a las gestiones posteriores al menemismo se completará con el uso ascendente e indiscriminado de millones de compuestos químicos que simplificarán todavía más los procesos de cultivo.

Esto que beneficiará a productores y proveedores del agro traerá consecuencias funestas para la salud de millones de argentinos.

La presente investigación periodística recorre la evolución de una práctica profundizada durante la última década, y que culminó por volver parte de la vida cotidiana de infinidad de pueblos y localidades del interior de la Argentina expresiones malditas como cáncer de pulmón, malformación congénita, aborto espontáneo, diabetes, atrofia, intoxicación, alergia o leucemia.

Este trabajo expone en detalle la debacle sanitaria que golpea a las principales provincias agrícolas del país, sus mayores responsables, y cómo, pese al reclamo de miles de afectados distribuidos a lo largo y ancho de la geografía local, la estructura de producción continúa en expansión con anuencia de los poderes políticos de turno.

(Contratapa del libro “Envenenados…”)